
En el pasado 10 de mayo de 2010, cuando el Gobierno español se vio sometido a las imposiciones de los mercados europeos -congelación de las pensiones, rebaja del salario de los empleados públicos, reforma laboral y, posteriormente, reforma constitucional- creí conveniente que se debía plantear el adelanto de las elecciones para formar un nuevo gobierno que llevase este periodo de recortes socioeconómicos, en los que nos ha involucrado las decisiones de la mandataria alemana, Angela Merkel, y las necesidades de cubrir las deudas provenientes de las inversiones de la banca germanas en el resto del viejo continente. En una tendencia política en la que se antepone la deuda cero de los balances a la sociedad del bienestar, lo idóneo es que el gobierno comulgue con estos designios y aplique sus propuestas sin ninguna o con las menores secuelas posibles.
Desde entonces, a José Luis Rodríguez Zapatero se la acusa de "no anunciar" que llegaba la crisis y, por ello, ser el causante de la grave situación que estamos padeciendo. Ese silencio, entendido por pocos, llevó a la debacle al responsable socialista. Como si de un martillo pilón se tratara, el Partido Popular se encargó de trasladar a la opinión pública que "únicamente" fue el "intencionado silencio de Zapatero" el causante de la catástrofe económica. Pasando por encima de la crisis financiera mundial y de las repercusiones que ello conlleva, la oposición al gobierno socialista se escuda ante este mutismo gubernamental, a la hora de proclamar la llegada de la crisis, para desprestigiar la labor del ejecutivo que más avances sociales ha realizado en los últimos veinte años. Parece no importar cuándo, cómo y, sobre todo, por qué, de la afectación de la crisis económico-financiera en España. Mucho menos interés despierta, saber el motivo de Zapatero para retardar a los ciudadanos la aciaga noticia. Desconocimiento, estrategia para calmar a los mercados o malévola intencionalidad, no interesan puesto que la denuncia sobre el susodicho silencio sirve para justificar el desgaste al gobierno.
Veinte meses después de la fecha en la que Zapatero se vio sometido a las directrices mercantiles de Europa y al fustigamiento de la derecha, nos encontramos en vísperas de las decimosegundas Elecciones Generales de la democracia. Han pasado muchas cosas desde entonces pero, para mí, lo más destacable es el cambio de tendencia del silencio: del mutismo presidencial a la sordina del candidato presidenciable con mayores posibilidades. Si en un principio el Partido Popular utilizó el sigilo de Zapatero para desgastarlo, ahora, en la campaña del 20N, dicho partido recurre al silencio para no desvelar el programa que desempeñará después de acceder al poder. Hay quién dice que esta estrategia se debe a que las acciones que tienen planificadas son tan duras que pueden asustar al electorado. No sé y desconozco, cuáles son los motivos que llevan a los dirigentes del PP a no desvelar sus intenciones de gobierno; no obstante, si me llama la atención de cómo se puede utilizar una herramienta como el silencio para conquistar el poder y, sobre todo, qué diferente respuesta parte de la sociedad ante un silencio y otro.