
Con esto de los debates televisivos entre candidatos a presidente de gobierno suele pasar como en otros temas mundanos, como el fútbol, donde todos tienen una opinión particular al final de la contienda. Como en el deporte del balompié, en estas confrontaciones verbales también hay aficionados fanáticos y mesurados, atacantes y defensivos, leñeros y respetables,..., conservadores y progresistas. Todos, absolutamente todos los que se paran para ver a los primeros espadas en la política, frente a frente, concluyen con una opinión que casi nunca coinciden entre sí.
El debate de las Elecciones del 20N se presentaba como un espacio vacío de contexto, falto de novedades y, posiblemente, aburrido para el espectador. La realidad social, con el actual castigo económico-financiero, iba a hacer mella en el encuentro de los líderes de los principales partidos nacionales, puesto que la desmotivación social está generalizada, debido al fustigadora cifra de parados que llega ya a los cinco millones. ¿A quién le puede interesar la política si las perspectivas de futuro laboral se presenta tan oscuras?
Por otro lado, debido a la gran diferencia existente en la estimación de voto entre el Partido Popular y el Partido Socialista, a priori, desmotivaba al televidente para sentarse delante de la pequeña pantalla durante dos horas. Desde que el pasado mes de julio, fecha en la que se anunció el día de las elecciones, las encuestas de todo tipo han estado a favor de los conservadores con una tendencia ascendente. Por ello, el debate se pronosticaba como una paseo para Mariano Rajoy; más aún, cuando su contrincante, Alfredo Pérez Rubalcaba, se presenta a este plebiscito con un partido convaleciente por la infructífera gestión de los últimos años del gobierno socialista.
Pues bien, estos antecedentes no fueron los principales responsables para que, a la postre, el debate no contara con el fuelle y la entrega necesaria del que se espera de los aspirantes para ocupar el puesto de máximo responsable de gobierno y estadista que conduzca a España por la senda de la recuperación económica local y europea. La rendición anticipada de Rubalcaba y el ocultismo del programa de gestión de Rajoy, provocaron que el interés de más de doce millones de espectadores quedara en vano, ya que los contrincantes no quisieron entrar en profundidad en los temas, puesto que, posiblemente, no tengan argumentos para dar soluciones a los diferentes problemas sociales. Tal vez, habían más cosas pactadas, aparte del color de las corbatas.
No obstante, mi indignación con el debate viene porque ninguno de los aspirantes a la presidencia, ni el moderador del mismo, se acordaron en ningún momento de una parte de España que está sufriendo los embates de la naturaleza, con graves secuelas económicas y sociales, que no cuenta con una fecha de finalización. La isla de El Hierro merecía una mención, un detalle, un gesto de apoyo por parte de alguno de los candidatos. Quizás, la incertidumbre de los herreños no tiene consuelo pero seguro que las palabras de Rajoy o Rubalcaba hubiera servido de acicate para que las ayudas lleguen lo antes posible. Aún más, tampoco entiendo como a fecha de hoy nadie se halla percatado de este "olvido".