Jueves, 28 de junio de 2012

Taucho, más allá de la tradición

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“Alguien dijo que se empieza e envejecer cuando se deja de aprender”

El pasado viernes visité por primera vez en mi vida el pueblo de Taucho, ubicado en el suroeste de la isla, en lo alto del municipio de Adeje.

El motivo de mi visita era acercarme a IV Jornadas Etnográficas, es decir que fui allí por mi sempiterna curiosidad hacia todo lo relacionado con las raíces del pueblo canario.

A las 20:00 horas de esa tarde se inauguraban dichas Jornadas en el transcurso de un acto a celebrar en el Centro recreativo y cultural El Almàcigo.

El amplio y muy bien cuidado espacio de este centro se abría acogiendo a cuantos quisimos acercarnos a conocer el tema de este año, “El aprovechamiento forestal”.

Tras la bienvenida del coordinador de las Jornadas, don Roberto Melo López tomaría la palabra el señor alcalde de Adeje, don José Miguel Rodríguez Fraga, quien junto a la presidenta de la Comisión de fiestas de Taucho 2012, doña Antonia González Trujillo, don José María Álvarez Acosta, concejal del área de planificación y gestión del territorio y don Andrés Pérez Ramos, concejal del área de educación y patrimonio histórico-artístico, presidía el escenario.

El señor alcalde fue el encargado de presentarnos a los dos ponentes que esa tarde disertarían sobre el motivo central de las Jornadas, don David Delgado Sánchez, técnico del área de agricultura y desarrollo rural del Cabildo de Tenerife, licenciado en geografía, cuya conferencia versó sobre el aprovechamiento forestal en los montes de Adeje.

Le seguiría don José Alberto Gómez Sánchez, ingeniero técnico agrícola con su conferencia sobre el aprovechamiento forestal y sus usos en la agricultura.

Dos interesantes charlas que nos acercaron a todos a los oficios y costumbres de la zona a finales del siglo XIX y principios del siglo XX y la importancia que los mismos tuvieron en el devenir del tiempo para el monte de Adeje.

La segunda parte del acto estuvo a cargo de don Roberto Melo quien después de leer un texto enviado por don Juan Antonio Jorge Peraza, quien no había podido asistir al evento, en cuyo contenido agradecía el esfuerzo de loa antiguos habitantes de Taucho que habían dedicado sus vidas a vivir del monte y del cual he rescatado un párrafo que me pareció especialmente aleccionador y que dice así: “…Alguien dijo que se empieza e envejecer cuando se deja de aprender…” dio paso al audiovisual donde habían quedado recogidas las entrevistas realizadas por su equipo a los 16 homenajeados de la tarde, personas estrechamente vinculadas a los oficios inherentes al tema de las Jornadas: D. José Luis Rodríguez Rodríguez, D. Lucas Antonio Rodríguez Rodríguez, D. Dámaso Álvarez Álvarez, D. Miguel Álvarez León, D. Manuel Bello Bello, D. Pedro Álvarez Ramos, D. Pedro Díaz Pérez, D. Blas Álvarez Ramos, D. Rafael Morales Siverio, D. Julio Rivero Álvarez, D. Jerónimo Risco García, D. José Tacoronte Melo, D. Félix Hernández Álvarez, D. Benito Fraga Hernández, D. Rafael Trujillo Martín y a título póstumo a D. Jerónimo Díaz Fraga.

Finalizado el mismo se hizo entrega a los homenajeados de una copia del DVD con las entrevistas completas, un diploma y unos libros entre los aplausos, el agradecimiento y el cariño de sus familiares y todos los que llenábamos aquel recinto donde se comenzaba a respirar canariedad.

Finalizado el acto se sirvió un brindis para todos los presentes amenizado por la música del grupo “Boca del paso”.

SÁBADO 23 DE JUNIO
La mañana se presentó calurosa bajo el cielo límpido del recién estrenado verano, pero eso no impidió que los participantes y curiosos nos fuésemos concentrando en el lugar de encuentro, donde se escenificarían los oficios de los que habíamos oído hablar la noche anterior.

Llegaron las lavanderas con sus barreños a la cabeza; la yunta de vacas tirando del tronco que más tarde sería limpiado ante nuestros ojos a golpes de hacha y sudor; los camellos con sus asientos en los que montarían dos campesinas y se cargaría la leña; los burros ya nos esperaban atados junto a la montaña de pinocho mirándonos inquietos. Por doquier aperos y útiles de labranza, albardas, sonrisas, curiosos…

Se procedió a extender el pinocho, se prepararon las cargas con él, se cargaron a los burros…

Se limpió el tronco a hachazos, permitiendo que padres e hijos compartieran una labor.

Se cargaron y montaron los camellos y la comitiva puso rumbo a los lavaderos. Una vez allí las lavanderas procedieron a lavar y tender sobre las piedras las sábanas impolutas que cargaban en sus barreños, para luego seguir el recorrido rumbo al recinto donde nos esperaba el resto de los animales: Las cabras, las ovejas y los cochinos negros.

Vimos como se trasquilan las ovejas en vivo y en directo, todo un espectáculo de maestría y destreza con las tijeras. Contemplamos como una pequeña de apenas cinco años ordeñaba una cabra llenando del líquido blanquecino un cuenco, haciéndonos sentir felices porque sus padres se preocupasen de transmitirle un oficio tan importante.

Y también pudimos admirar el trabajo y el esfuerzo de varios hombres que cortaban un tronco a todo lo largo usando su fuerza y una sierra manual.

Pasar luego por la plaza a degustar la miel de las colmenas del monte y a admirar la habilidad de los artesanos talladores de madera, que nos mostraban sus útiles de labranza, o el arte con que su paciencia convertía en finísimas tallas decorativas un trozo de madera, así como presenciar la lucha del palo de los amigos de Orijama nos daba a entender que la mañana pasaba del trabajo a la fiesta sin remisión.

Las Jornadas finalizarían en la vieja cantina que ya solo se abre una vez al año para las Jornadas Etnográficas.

Allí, sentada junto a la ventana que daba al barranco, en un rincón de la pequeña cantina de Taucho, me sentí empapaba de tradición como hacía mucho que no me ocurría.
El tiempo se había detenido por unas horas y habían quedado atrás el stress, Internet, la blackberry, las primas de riesgo, las hipotecas, y las mil inquietudes del siglo XXI, para dar paso a la plenitud de la naturaleza y la vida de pueblo en estado puro.

Cerré los ojos y dejé que mis sentidos se llenasen de los últimos retazos, por aquel día, de tradición, de pueblo, de vida… Y entre el olor a papas arrugadas, la carne y la deliciosa fabada, y el calor y sabor del pan recién horneado en el rústico horno del pueblo, embadurnado de rico chorizo, alcé mi vaso de vino haciendo un brindis silencioso por las gentes que se esfuerzan año tras año por mantener viva una parte de nuestra historia.

Luego llegó la música, repiquetearon los timples, los laúdes y guitarras, acompañados de voces que cantaban al pueblo, al campo, al amor…, en definitiva a las cosas realmente importantes de la vida.

Aún hoy resuenan en mis oídos los versos de aquellas folías que escuché en los quince metros cuadrados de la cantina de piso de cemento alisado y paredes rústicas enjalbegadas de blanco para la fiesta, mientras dos o tres parejas trataban de aprovechar el diminuto espacio que quedaba libre entre las mesas arrimadas a la pared, la parranda y la altísima barra que separaba a los parroquianos de las mujeres que nos atendían a todos con una sonrisa en los labios, para bailar los temas que iban alegrando los corazones de aquellos que tanto había trabajado a lo largo de la mañana para hacernos reencontrar con nuestras raíces por las calles de Taucho.

Con las ropas aún impregnadas del sudor de las faenas ellos ahora tocaban un instrumento o cantaban intentando ponerse de acuerdo sobre si lo harían por el 3 o por Fa. Había allí rostros conocidos y nombres afamados, probablemente otros no lo serían tanto, pero eso era lo de menos, en la cantina de Taucho quien cantaba o tocaba ese mediodía era… EL PUEBLO.

“Hoy me es triste recordar
un mundo que ya no existe
hoy me veo solo y triste
como las peñas del mar”.

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